En medio de la brutal represión del régimen de Daniel Ortega han surgido héroes anónimos. Uno de ellos es un joven rescatista colochón, de estatura media y piel morena, a quien los autoconvocados llaman “Colochos” por su singular melena, o “Spider-Man”, por su agilidad para trepar “arbolatas” o “chayopalos”. El pasado Viernes Santo, “Colochos” protagonizó otra hazaña: entregó a la madre de abril, Guillermina Zapata, una bandera manchada con la sangre de su hijo, Francisco Reyes Zapata, a quien auxilió en medio de la masacre oficial contra “la madre de todas las marchas cívicas”, el 30 de mayo de 2018.

“Colochos”, que por temor a represalias pide no ser identificado, es un poblador autoconvocado de Managua. Desde que inició la Rebelión de Abril ondeó su bandera azul y blanco en múltiples manifestaciones contra de la dictadura, hasta aquel 30 de mayo, cuando los francotiradores del régimen dispararon contra la multitud desde el Estadio Nacional. “Colochos” entonces se colocó su bandera atada al cuello, aceleró su motocicleta y se dirigió a la zona donde caían los heridos para prestarles auxilio. Ahí rescató a Francisco. Junto con un compañero lo subió a su motocicleta para partir en busca de la ambulancia más cercana, pero Francisco tenía un disparo letal en la cabeza, que expuso su masa encefálica. Había muerto casi al instante y “Colochos” y su compañero no lograron hacer nada. La sangre de Francisco impregnó su bandera azul y blanco.

Momento en que “Spider-man” entrega a Guillermina Zapata, la bandera con la sangre de su hijo asesinado. // Foto: Cortesía

Una bandera para una madre

Al final del día, en el balance de la jornada que dejó al menos once muertos en Managua, “Colochos” se enteró de la identidad de Francisco. Supo que el disparo de un francotirador le arrebató la vida, que su padre era un policía de turno y su madre una joven humilde, de quien Francisco era su mano derecha. Entonces se prometió a sí mismo encontrar a la madre y contarle cómo intentó rescatar a su hijo y darle un abrazo.

El encuentro surgió espontáneo el reciente Viernes Santo, cuando ambos coincidieron en el Vía Crucis Penitencial de la Catedral Metropolitana de Managua, al que miles también acudieron en conmemoración del aniversario de las primeras víctimas. Una joven que conocía la historia de “Colochos” y a la madre de abril los presentó al final de la procesión.

Guillermina Zapata a un año despues sigue esperando justicia por el asesinato de su hijo Francisco Reyes. #SOSNicaragua #SOSNicaraguaGlobal pic.twitter.com/VKX6Py9v3s

— Alfredo Torres (@AlfredoTorresNi) 21 de abril de 2019

“Doña Guillermina se volteó a mirarme y se soltó en llanto, comenzó a abrazarme y abrazarme, ella llorando. Fíjate que por mi mente pasaban muchas cosas, demasiadas cosas. Una de esas cosas es que irónica que es la vida —digo yo— a un lado tengo la sangre de su hijo y en la parte de enfrente las lágrimas de su madre”, cuenta “Colochos”. En ese momento, relata, “sentí que la bandera ya no era mía, era de ella. Y cuando ella miró la bandera la agarró, se soltó en llanto y me abrazó más fuerte”.

A Guillermina también la sorprendió el encuentro: “Nunca voy a la procesión de la Sangre de Cristo, pero este Viernes Santo me decidí porque era 19 de abril. Nunca pensé que me lo iba a encontrar. Él me dijo que se había prometido encontrarme y darme la bandera”, recuerda. “Me sentí emocionada. Quería encontrarme con este muchacho que había recogido a mi hijo al momento que cae por la UNI”, agrega.

Al borde de la muerte

Después de dejar a Francisco en una ambulancia, “Colochos” siguió trasladando heridos en su motocicleta. Ese día “los jóvenes caían ligados por perdigones o porque los golpeaban balas de goma —porque había de todo— entonces lo que hacía era sacarlos dos cuadras, sacarlos del sector de la UNI hacia dónde estaba la multitud y que otro lo socorriera” con primeros auxilios.

Ese día, Colochos zigzagueaba en la motocicleta, esquivando a la multitud que huía de las balas. El ruido era ensordecedor, la gente corría histérica y los heridos continuaban en aumento. Un día después, cuando le bajó la adrenalina, se detuvo a reflexionar que él también estuvo a punto de morir.

La madre de abril que recibió la sangre de su hijo en Viernes Santo

“Nunca me había encontrado en una situación así, tan decidido, de no importarme quedar ahí muerto como muchos compañeros, muchos nicaragüenses que caían. Fue un 30 de mayo que hoy lo recuerdo y digo: salí vivo de milagro. Mi motocicleta recibió un impacto de bala en la llanta, tengo la bala guardada igual como guardé la bandera. Cuando llegué a parchar la llanta y miré que andaba un plomo de una pistola le di gracias a Dios”, comenta “Colochos”.

El joven autoconvocado no es médico ni sabe primeros auxilios, pero después del 30 de mayo estaba dispuesto a salvar vidas como rescatista. Cuatro meses después volvió a toparse con la muerte, pero esta vez, confiesa, la experiencia fue más difícil: la víctima era un adolescente de 16 años.

La muerte de Matt Romero

“Cuando a él lo levantaron y lo pusieron en la moto, él todavía estaba vivo. Lo montaron, otro compañero se subió en la moto y lo llevamos a los bomberos del (mercado) Iván Montenegro. Cuando nosotros lo llevábamos, le levantamos la camisa y en el pecho tenía la perforación de la bala. Al principio se le sentía el corazón, como le palpitaba. Fue un tiro de gracia y la verdad es que eso no se me olvida… Él se murió frente de mí y cuando ya miré que expiró dije cómo se le va la vida a un jovencito”, recuerda.

Tania Romero, madre de Matt Andrés Romero, asesinado por paramilitares en una marcha por la libertad de los presos políticos. Carlos Herrera | Confidencial

El adolescente de 16 años al que “Colochos” auxilió era Matt Romero, un estudiante de cuarto año de secundaria, asesinado por paramilitares el 23 de septiembre, en la marcha “Somos la voz de los presos políticos”.

De ese día, “Colochos” conserva un video del instante en que el adolescente es bajado de la motocicleta y es trasladado a una ambulancia de los bomberos.

“De ese muchacho solo sé lo que vi en las noticias, pero a ese muchacho, a él sí lo vi morir”, repite “Colochos”, aún impactado. “Todavía me impacta, todavía me acuerdo de ellos, no es fácil ver morir”, asegura el héroe anónimo de singular cabellera.