Cuando Poncio Pilato fingía conceder al vulgo el poder de ejecutar decisiones sobre su destino, dándole la oportunidad de elegir —como se estilaba en aquello días— entre indultar a un presunto criminal, o liberar a un carismático hombre originario de Nazaret; no se imaginaba que estaría cimentando un paradigma, un astuto modelo de legitimación política que perduraría por siglos. Había encontrado la fórmula perfecta para legitimar dudosas decisiones de dudosos gobernantes, enjuagando, con la saliva espesa y el sudor de las multitudes, las manos manchadas de los verdugos.

Poco sospechaban los prefectos del Imperio romano las repercusiones a lo largo de la historia de su singular manera de tomar decisiones, imponerlas, y, al mismo tiempo, legitimarlas: arrojar a las muchedumbres la ‘papa caliente’, lavándose las manos y presentando al pueblo absurdas o crueles sentencias, como justas y sabias decisiones de Fuenteovejuna.

Es en aquellos procedimientos donde encontramos los antecedentes de una peculiar práctica de gobernar que hoy tiene muchos nombres: referéndum, consulta democrática, consulta popular, consulta ciudadana, plebiscito. Sobre sus peligros ya nos advertía Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951). Sobre sus potenciales —que ciertamente los tienen— todavía no aprendemos las lecciones del italiano Antonio Gramsci: la vital importancia de la construcción de consensos por medio de genuino diálogo democrático.

Pero hablemos de dos infortunados ejemplos de barrabasadas en nuestro siglo: el referéndum del Brexit, y las consultas realizadas por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), para legitimar los proyectos estratégicos de su administración.

Ciertamente elogiado por sus virtudes y reconocido por sus notables programas sociales y programas anticorrupción, AMLO anunciaba, desde el inicio de su Gobierno, intenciones de someter a consulta sus planes de construir, en territorios indígenas, controversiales megaproyectos de infraestructura, incluyendo un “Tren Maya” que franquearía el sureste mexicano. Atravesando por Calakmul —la segunda reserva natural más grande en América Latina—, el Tren Maya conectaría diversas ciudades, puertos, y pueblos con la promesa de llevarles modernidad y riqueza. Pero sus críticos objetaron que el proyecto, ideado con incipientes o exiguos estudios de impacto ambiental, fue impuesto para beneficio de una elite, operando, simultáneamente, a favor de intereses geoestratégicos de Estados Unidos (el viejo anhelo de ‘panamizar’ el Istmo de Tehuantepec). No obstante, se implementaron las primeras consultas y los resultados revelarían el apoyo de numerosos poblados que se manifestaron a favor, convencidos de que los proyectos les traerían beneficios.

Pero la mayoría de las consultas de AMLO no cubrirían más del 3% del padrón electoral… en las grandes ciudades prevalecieron la apatía y la indiferencia, y en las zonas rurales prevalecieron la abstención, el escepticismo y la desconfianza. Diversos organismos de derechos humanos, incluyendo Naciones Unidas, objetaron el procedimiento utilizado por el Gobierno ya que contravenía el Convenio 169 de la OIT de la ONU relativo a la salvaguardia de la autodeterminación de los pueblos indígenas. Por otro lado, las consultas de AMLO, al igual que el Brexit en la pérfida Albión, vinieron a polarizar y enajenar a enormes sustratos de la población.

Consentimiento o consenso

Para ser legítimo cualquier ejercicio de consulta pública y sin menoscabo de la democracia representativa, aquella debe desarrollarse con la única finalidad de generar consenso social, no de legitimar Gobiernos o grupos partisanos, y muchos menos dividir o polarizar a pueblos o naciones enteras. Para ser genuina, los términos mismos y las cláusulas de cualquier modalidad de consulta, deben ser previamente acordados por todas las partes afectadas, buscando consenso sobre las estipulaciones y los objetivos mismos de las consultas. Deben además diseñarse con rigor científico y contar con mecanismos de prevención de fraudes. Pero en México nada de esto sucedió, y el procedimiento establecido en el citado Convenio 169 que establece el derecho a la consulta libre, previa e informada como condición para la proteger los derechos humanos de los pueblos indígenas y su autodeterminación, no se siguió al pie de la letra. México demostró que, sin diálogo previo, sin verdaderos espacios de reflexión y participación política, las consultas están destinadas a fracasar, o a convertirse en meros simulacros, cuyo único fin es obtener legitimidad política —tal como sucedió con el Brexit de la ya no tan gran Bretaña—: no es secreto que el verdadero objetivo del Brexit era consolidar al Gobierno del Partido Conservador. En el caso de México, la edificación del consenso —consenso en el más profundo sentido gramsciano—, habría sido condición sine qua non para que las consultas de AMLO fueran genuinas. Pero el presidente que quiere ser recordado como el héroe de la batalla contra el Neoliberalismo, puso la carreta delante de los caballos…

Alquimia o aritmética de las mayorías

Los embaucadores del Brexit habían soñado con hacer doblar las campanas del Big Ben el 31 de enero. Las imaginaban tintinando solemnemente sobre los grises cielos londinenses para festejar la consumación del Brexit —la fecha oficial de la salida formal del Reino Unido de la Unión Europea. Pero por una de esas ironías de la historia, el campanario estaba triste y los trabajos de restauración no concluyeron a tiempo. Las campanas no sonarán.

De haberlo hecho, muchos se habrían taponeado los oídos: al igual que Poncio Pilato milenios atrás, en 2016 el entonces primer ministro, David Cameron, hacía una inocente y simple pregunta a su pueblo: levanten la mano los que están a favor… Cameron habría preguntado al pueblo si deseaba o no permanecer dentro de la Unión Europea. Un 51.8% de los votos favorecieron el Brexit, y, tres años más tarde, luego de intrincadas ‘negociaciones’ y circo en la Cámara de los Comunes, el Brexit se consuma. La voluntad de la otra mitad de la población sería desestimada. Y es que, gracias a la alquimia aritmética del plebiscito, cualquier tribu de reducidos electorados puede mutar en ‘mayoría’ y anular la voluntad de la otra mitad.

El hecho irrefutable de que la campaña a favor del Brexit estuvo cocinada en el deepfake, sustentada en mentiras y desinformación propagadas gracias a la probada interferencia de empresas como Cambridge Analítica, sería ignorado. Cuando el pueblo, o, más precisamente, una fracción del pueblo, otorga la razón a los gobernantes y les brinda legitimidad —por corruptos o tiránicos que estos sean— los rituales del referéndum terminan por convertirse en destino manifiesto. El uso y abuso de estos tales procedimientos termina por ‘baipasear’ los verdaderos centros de decisiones democráticas. En lugar de proveer genuinos espacios de discernimiento colegiado basado en información, diálogo y consenso, los referéndums amañados y manipulados corren el riesgo de convertirse en armas de destrucción masiva…

Por quién doblan las campanas

Cuatro años después del referéndum del Brexit cuyos estrepitosos eslóganes siguen esgrimiendo la sacrosanta figura de la ‘voluntad del pueblo’ que votó en una campaña sustentada en falsedades y desinformación, los campanos del Big Ben en Westminster hubieran repicado triunfantes. O no… Quizá en su accidental silencio escuchamos su lamento, pues el vetusto campanario de la Elizabeth Tower habría sido testigo de cómo el Brexit se convirtió en el degolladero mismo del pilar de la democracia británica: la soberanía del Parlamento. Con el Brexit, los alaridos de un alborotado vulgo, amordazaron, literalmente, al Parlamento, considerado el verdadero soberano, porque en él está representado el pueblo.

Las campanadas en Westminster hubieran sido música al oído de quienes ya olvidaron que —con todo y sus innegables carencias, errores y graves limitaciones— el proyecto de la Unión Europea habría coronado la conquista de la paz y el sueño de perpetuarla tras dos atroces guerras mundiales en el continente más sanguinario de la historia. Olvidaron también que, con el debilitamiento y fragmentación de la Unión Europea, Trump, Xi Jinping y Putin se frotan las manos, al tiempo que el fascismo, el colapso bioclimático, y otras amenazas de nuestra era, avanzan vertiginosamente, arrasando con todo y todos a su paso del otro lado de los Urales.

De repicar las campanas el 31 de enero, ciertamente no lo habrían hecho por ti o por mí, ni doblarían al compás de John Donne o de Hemingway, porque en las consultas y los referéndums, las campanas rara vez susurran por el alma verdadera de los pueblos.