Los 30 los cumplirá en Barcelona, el sábado que viene, justo adonde llegó un mes atrás envuelto en las dudas que nacían de su rodilla derecha. Sergio Agüero celebrará el cambio de década en la atmósfera de la selección con un rictus bien distinto al que tenía por aquellos días catalanes. Estaba atormentado por el déjà vu que le venía a la mente; no fuera cosa que se repitiera el escenario de hacía cuatro años, cuando las recurrentes lesiones lo convirtieron en un fantasma que caminó por las canchas de Brasil. La solución vino en lo que tarda uno en girar la vista. El muchacho entró y salió del quirófano con la velocidad del 9 que corre en diagonal, encuentra el pase y remata: fueron apenas 12 minutos los que hicieron que su cuerpo retrocediera cinco años. Las manos del doctor Cugat, al que había llegado por recomendación de Guardiola, obraron el cambio de estado: rodilla sana, cara de contento. “Desde 2013 que no me sentía así”, comparó la semana pasada, ya al abrigo de Ezeiza, con esa sonrisa recuperada made in Kun. Ahora, a nada de su tercer Mundial, siente como si fuera el primero de su vida. Porque lo es, en cierto modo: nunca en los anteriores había transitado la vigilia con la sensación de que sí sería titular. Ahora sí. A los 30.