Lo que escribí sobre criminalidad y corrupción hace 20 años no entra en clasificación ‘periódico de ayer’, canción de amor despreciado que cantaba Héctor Lavoe. Hoy, aquellas observaciones siguen vigentes y llego a la descorazonadora conclusión de que nada ha cambiado para mejor. Sigue sin ser aceptable el argumento de que son la pobreza y el desempleo las causas principales de la criminalidad en Panamá; sostener esto es mirar en una sola dirección, explicación simplista que no entra a fondo para considerar el impacto de los factores corrupción, desigualdad social, mala distribución de la riqueza. Considero inexacto e injusto señalar a los pobres y a los desempleados como actores principales en la delincuencia, palabra que se estira para llamar maleantes a los tatuados, enchancletados y con pantalones ‘caga’os’; esa misma palabra se encoge cuando delincuentes políticos y empresarios situados en los pisos superiores de la estructura social, sin armas, sin sangre a la vista, con buena pinta de saco y corbata usan sofisticados métodos para delinquir y zafarse con amplios recursos financieros de una justicia selectivamente coja, estrábica y sorda. En estos casos grandes alharacas, ‘mucho ruido y pocas nueces’, terminan en silencio y cubiertos por el manto del olvido. Si citara aquí esos delitos no me alcanzaría este espacio.

Es cierto que nada ni nadie está a salvo de los maleantes, hoy mejor armados. Recientemente se revel? la complicidad de algunos que, en vez de ‘Proteger y servir’, se dedicaron al tráfico ilícito de armas que vendían a pandilleros, narcotraficantes, sicarios, asaltantes en general; y a negociar la fuga de delincuentes con sucios y vastos recursos económicos. El crimen se ha convertido en oficio y en algunos casos, en profesión especializada, lucrativa, sin horario ni impuestos que pagar; estos no roban para ‘parar la olla’, sino para la rumba, el guaro, las hembras, el ‘manso collar’ de media pulgada de ancho y el carro con mucho ‘detailing’. Favorecidos por un sistema de seguridad policivo deficiente, más agujereado que un colador, el tumbe de drogas es negocio codiciado; como resultado de las disputas aparecen cadáveres de hombres y mujeres tirados en matorrales, porque el crimen sí paga, al quedar sin resolver tantos asesinatos del sicariato; estas noticias en televisión ya no son novedad. Por otra parte, cómo irritan los limpia parabrisas, los buhoneros ambulantes, las fondas en carretillas, los ‘chicheros’, hombres y mujeres que escogen la opción del trabajo con largas horas bajo agua o sol en vez de delinquir arropados con la excusa de ‘no hay trabajo’; estos son los que aún conservan algunos de los valores que los apartan del delito.

Para enfrentar el desolador panorama de la corrupción y la delincuencia en todas sus expresiones, tendríamos que quitarnos las anteojeras de la hipocresía, de la conveniencia, el parentesco, el amiguismo, el ‘agradecimiento’ y la politiquería. Todo esto se empata con el clima de deterioro, de pérdida de valores en una sociedad materialista, promotora del consumo que nos convierte en adoradores del dinero, porque ‘cuánto tienes, cuánto vales’. El político que saqueó con su familia y amigotes el erario a punta de coimas conseguidas con un porcentaje de precios inflados, ¿no es tan criminal como el que asalta bancos? El político y el empresario que se juntan para negocios sucios que les permiten hacerse con mansiones de playa, viviendas lujosas, cuentas millonarias en paraísos fiscales que convenientemente no fisgonea la OCDE, son los que impiden que niños y maestros lleguen sanos y salvos a sus escuelas, porque no hay fondos ni voluntad para construir pasos seguros. ¿Importa menos que hayan muerto ahogados niños y maestros, porque no aparece el maleante pistola en mano en esta desgracia? ¿Merecen estos pillos más consideración que el delincuente que asalta y mata? ¿Hace la diferencia que no hay arma de fuego al asaltar el erario con millonarias planillas brujas?

Los malos políticos ponen en riesgo la democracia. Están tan ciegos en sus ambiciones que provocan el desprecio y el rechazo de grandes sectores de la población. La fobia antidemocrática abre camino al totalitarismo y me pregunto si no es una tendencia o maniobra orquestada en la que estamos cayendo. De no corregir el mal camino que llevan nuestros políticos, corremos el peligro de que nuestra imperfecta y frágil democracia caiga vencida ante un gobernante de línea dura (de izquierda o de derecha) que prometa acabar con la corrupción y ofrecernos mejores días. Es riesgo real y peligroso como el que hoy vive Brasil.

COMUNICADORA SOCIAL.

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